El Prana de las Cosas
La semana pasada hablábamos en las prácticas sobre aquella reflexión de Jon Kabat-Zinn: si la respiración dependiera de nuestra voluntad, hace rato estaríamos muertos. A partir de eso, y pensando en la cadencia autónoma de la respiración, conversamos también sobre cómo en nuestras existencias —y en la totalidad del universo— conviven dos fuerzas. Por un lado, está nuestra mente inteligente, hacedora, voluntariosa y planificadora, que siempre busca resultados para nuestra supervivencia. Por el otro, habita esa energía también inteligente que en el yoga denominamos prana: aquella que nos permite respirar, que hace latir nuestro corazón, circular nuestra sangre y que sostiene un sinfín de funciones autónomas del cuerpo. Es la misma energía que hace girar los planetas, caminar en fila a las hormigas, cambiar las estaciones del año y manifestar millones de cosas más.
Mientras la energía mental por defecto suele estar sumamente ligada al «yo» —aunque no necesariamente de forma negativa—, la energía pránica funciona sin voluntad personal. Con o sin los seres humanos, esa fuerza e inteligencia seguirían allí.
La práctica de la meditación y el yoga es una invitación a conectar con esta inteligencia pránica. Por eso intentamos «no hacer» cuando nos extendemos en savasana en el suelo; por eso, al meditar, tratamos de no controlar la respiración y, como decía Gérard Blitz, buscamos salir del «mental» para sentir y desplegar el cuerpo. Esto nos trae una serie de beneficios físicos, mentales y espirituales. Permitir que las cosas sean sin anteponer nuestra intervención hacedora —comenzando por sintonizar con el ritmo natural del cuerpo— es, quizás, la lección más potente de la práctica meditativa.
Con esto tocamos algo crucial: no estamos desdeñando lo mental ni la maravillosa e innovadora mente humana que —mirando el vaso medio lleno— tanta creatividad y tecnología ha aportado al mundo. Tampoco la estamos ubicando en un peldaño inferior respecto al prana. Quizás la invitación sea más bien a la integración de ambas o, mejor dicho, a que lo mental aprenda a esperar pacientemente los tiempos pránicos. Si esto es así, y para aterrizar lo dicho: ¿tendrán las situaciones mundanas, grandes o pequeñas, su propio timing? ¿Podremos tener la paciencia, como dice Lao Tse, para dejar que el barro se asiente y el agua se aclare?
Siento que sí; cada situación de la vida nos invita a mirar este asunto. Lo vemos cuando estamos en una conversación y no nos aguantamos las ganas de interrumpir porque queremos imponer lo nuestro; cuando queremos que los demás hagan lo que nosotros necesitamos, o cuando esperamos cierto resultado de un emprendimiento y las cosas no salen como queríamos (algo que ocurre casi siempre), entre tantos otros ejemplos. A mayor ansiedad, mayor es el destiempo.
El aprendizaje de la meditación se parece mucho a la labor de un surfista profesional. La vida cotidiana es un mar de olas impetuosas: si nos lanzamos antes de que la ola crezca, nuestro impulso será vano e inútil; si, en cambio, nos precipitamos cuando la ola ya está reventando, nos veremos sacudidos y machacados por su fuerza. Hay un momento justo para abordar la ola; un momento precioso en el que, con el esfuerzo correcto, podemos surfear el devenir de las cosas.
Quien lea esto podría creer que se trata de una extraña exigencia; que debemos sacar una regla y un compás para calcular el segundo exacto en el que abordar cada ola. Pero no parece ser así. No hay un tiempo cronometrado para ese abordaje; pretender que cada instante guarde un microsegundo perfecto sería caer en otra trampa de la autoexigencia, una donde si no aciertas, te vas rodando con el agua.
Al revés: cuando logramos habitar la calma, en contacto con esa respiración involuntaria y con el pulsar natural de nuestro cuerpo, vamos descubriendo —en un largo pero simple proceso de aprendizaje— cómo entrar de manera más sabia y amable en cada momento. Las respuestas empiezan a revelarse solas: comienzas a ser consciente de tu ansiedad y aprendes a observar qué rocas vale la pena empujar y cuáles no.
¿Esto te vuelve infalible? ¿Nunca más andas a destiempo? ¿Te libras de meter la pata? Absolutamente para nada. Seguimos siendo sumamente imperfectos; nunca dejamos de ser aprendices de una lección infinita. Aunque sea una paradoja, aceptar que siempre estamos aprendiendo y resbalando puede ser también una manera de abrazar nuestra condición de humanos falibles… y eso, sin duda, también es parte integrante del prana de las cosas