El peso de las palabras: Reflexiones sobre el "Habla Correcta" y la autoridad espiritual

Estoy leyendo el nuevo libro de Marc Epstein, el siempre interesante psicoanalista vinculado al budismo, titulado "Aquí no se dan consejos".

No recuerdo haberme enojado tanto con un autor como me ocurrió con este escrito, y eso que admiro profundamente su obra. Me explico: en un capítulo, Epstein relata un retiro que realizó junto a su esposa, Arlene. Ella atravesaba un momento muy duro debido a la inminente muerte por cáncer de una joven y querida amiga. Con esa carga a cuestas, Arlene se acercó al maestro del retiro —contrariada y entre lágrimas— en busca de consuelo. La respuesta del maestro fue tajante: "Deja de hacer un drama de esto".

Epstein narra que esta experiencia fue reveladora para su esposa; afirma que la puso en contacto con la naturaleza efímera e impermanente de la existencia y que supuso una verdadera epifanía para abordar el duelo. Más adelante, el autor aborda otro caso en el que un maestro entrega una "lección" igualmente ruda a un discípulo.

Ante esto, me pregunto: ,¿Por qué otorgamos esa licencia a un "maestro" para hablarle a otro adulto con tal severidad y convicción?, ¿Qué sabiduría adquirida puede justificar ese nivel de seguridad para aseverar algo tan íntimo con tanta certeza? , ¿Acaso la vida, con todos sus matices y tribulaciones, no exige —por más maestro que uno sea— un "yo creo" o un "así lo veo" como paso previo a lanzar un juicio?

El asunto me desagradó tanto que incluso consideré escribirle un correo a Epstein. Es evidente que no me aproximo a esta lectura como un lector pasivo; vengo saliendo de una experiencia decepcionante que resuena con lo que leo. Sé que la intensidad de mi reacción —la cual valido plenamente— proviene de esa vivencia personal.

El diálogo como bálsamo

Compartí estas inquietudes en un desayuno con mis amigas Pía y Carola, con quienes comparto años de práctica de yoga y meditación. Fue una conversación franca. Carola, que es psicóloga, me planteó que —al igual que en la psicoterapia— las palabras de un maestro pueden abrir caminos si quien las recibe está en una búsqueda activa de respuestas. Se produce entonces una alineación nutritiva que trasciende al personaje que las expresa. Esta perspectiva sirvió de bálsamo para mi rabia; me ayudó a abrir la "compuerta mente-corazón" que estaba cerrando con candados y a retomar la lectura con interés.

Sin embargo, la incomodidad no se despejó del todo.

La segunda revelación llegó hoy, desayunando con mi esposa, Patty. Hablábamos del caso de un amigo suyo cuya mujer atraviesa un estado de salud muy grave, y le comenté mis cavilaciones sobre la impermanencia y el "no hagas un drama de esto". Patty fue certera: "El problema es la forma altanera y agresiva de decirlo".

El Habla Correcta y el cuidado del otro

Ahí residía el punto. El libro trata sobre el Noble Octuple Sendero, que expone la visión y la motivación correctas, pero también el Habla Correcta. Quienes practicamos meditación aprendemos —no sin tropiezos— a observar desde la conciencia el momento en que nos vamos a expresar y la carga nunca neutra de nuestras palabras. Si verbalizamos algo desde el enojo, el orgullo egoico o la manipulación, ya estamos advertidos: solo queda asumir las consecuencias. 

El sentido de la práctica es intentar expresarnos desde la consideración y el respeto, de modo que la asertividad se despliegue con el cuidado del habla correcta.Como bien dice la maestra Pema Chödrön:

"Nada se va hasta que te haya enseñado lo que necesitabas aprender".

Seguramente debo seguir masticando mis dudas sobre el rol de los maestros y digiriendo mis propias amarguras experienciales. Pero, mientras tanto, se me aclara una convicción: es una contradicción esencial de la filosofía budista intentar dar un consejo o compartir una enseñanza sin dos elementos fundamentales:

La humildad: Para que lo expresado sea siempre una visión interpretativa y no un saber monolítico.

El cuidado: Para ofrecer la palabra con la delicadeza de quien no quiere dañar a un corazón que se abre.

Esto aplica a los "maestros", pero también a nosotros, facilitadores modestos de estas prácticas, y a cualquier persona que desee conectar compasivamente con otra sin pretender juzgar... tal como propone el título del mismísimo libro de Marc Epstein.

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