El placer de lo impermanente

Hay un capítulo de 1951 de los dibujos animados de Looney Tunes que me encanta y que me sirve perfecto para empezar este artículo.

En él, dos ratones (Hubie y Bertie), siempre en búsqueda de comida, quedan atrapados por azar en una fábrica de quesos. Al principio entran en un éxtasis total de felicidad. Pero al día siguiente, después de pasar la noche entera comiendo queso sin parar, buscan desesperadamente que un gato se los coma, convencidos de que la vida, habiendo tocado esa cúspide de la dicha, ya había perdido todo sentido.

Parece una exageración de dibujo animado, pero llevémoslo a nuestra propia experiencia...

Una de las cosas más deliciosas que podemos comer es un chocolate, ¿cierto? Y cuando alguien nos regala uno muy rico, nos gustaría que fuera una barra gigante que durara para siempre.

Pero fíjate en un detalle: si comiéramos solo chocolate, día y noche, siempre, todos los días... simplemente no podríamos apreciar lo rico que es ese momento especial, porque se volvería cansador, rutinario y hasta terminaríamos odiándolo.

Es muy interesante esto, porque nos demuestra que para sentir placer por algo requerimos que sea finito, impermanente. Requerimos comer cosas más normales, simples o de otros sabores para realmente, en un instante muy acotado, poder disfrutar ese sabor tan delicioso.

El desear y disfrutar está perfecto si entendemos que es un regalo de la vida. El problema es que nuestro ego no se conforma con experimentar, sino que requiere vanamente capturar lo que nos provoca gusto, dicha o seguridad.

Queremos que ese sueldo que conseguimos sea para siempre, que esa pareja de la que nos enamoramos nos haga ver corazones todo el tiempo, que las vacaciones no se acaben nunca, etc.

Eso, en la filosofía budista, se llama Apego, y es considerado uno de los grandes velos e incluso venenos que nos hacen sufrir un montón.

Porque tarde o temprano, por su propia naturaleza, todo cambia. Y como decíamos al principio, sin ese cambio tampoco podríamos realmente disfrutar lo placentero.

Como decía Anthony de Mello:

«Si quieres disfrutar del viento, no intentes embotellarlo: déjalo pasar.»

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Apego y deseo