Apego y deseo
Como les comentaba en algunas prácticas anteriores, basándonos en la referencia del padre del mindfulness secular, Jon Kabat-Zinn, sobre qué es el despertar, les proponía una revisión de lo que en el budismo se denomina los tres venenos... o velos que obstaculizan nuestra vida para poder acercarnos a ese despertar.
En aquella ocasión partimos hablando de que el primero de ellos era el apego. Esa tendencia profundamente humana de adherirnos a logros, metas, objetos, personas, etc., con la errada ilusión de que aquello nos podría completar y lograr la felicidad. Y entonces también entendíamos la figura que en la rueda del dharma se representa con un gallo, el cual siempre requiere picotear de un lado para otro compulsivamente para no quedar jamás satisfecho.
Aquí quiero invitarlos a observar algo que creo que es importante... Como humanos nunca quedamos satisfechos; todo deseo es efímero. Cuando ya creías que tenías el celular de última generación, la marca ya está lanzando un nuevo modelo y quedaste obsoleto con el tuyo; cuando lograste un mejor sueldo, al tiempo te das cuenta de que no es suficiente y de que tu colega gana más; cuando por fin tienes a esa pareja maravillosa de la que estás enamorado/a, en un momento descubres que tiene un montón de defectos que no habías visto... Y lo mismo se repite con todo.
¿Cuál es nuestra solución por defecto? Seguir picoteando como el gallo, ir por el siguiente celular, puesto de trabajo, vacaciones, pareja, lo que sea, para llenar ese vacío de saco roto.
Recuerdo un estudio de la Universidad de Massachusetts de 1978 sobre personas que habían ganado la lotería, lo que es quizás una de las grandes fantasías placenteras que la mayoría de nosotros tenemos. Al cabo de unos meses de excitación, los ganadores con tendencia a deprimirse volvían a su estado; los que tendían a estresarse, lo mismo; y aquellos más alegres retomaban su estado... pero ahora en versión millonarios. El objeto solo los transformó parcialmente.
Me resulta un tema apasionante ver en este apego la estructura del deseo. Para ello, quien ha reflexionado sobre esto a fondo es el psicoanalista Marc Epstein:
«Lo que el Buda sugirió realmente es que evitar lo esquivo del objeto del deseo es el origen del sufrimiento. El problema no es el deseo, sino aferrarse a él o anhelar un resultado concreto en el que no queda nada, en el que el objeto está totalmente bajo nuestro poder. Como siempre deja claro mi maestro budista, Joseph Goldstein, como objeto de deseo lo que anhelamos causa sufrimiento, pero como objeto de nuestra observación puede llevarnos a despertar. El truco, por lo que respecta al budismo, es aceptar el hecho de que ninguna experiencia puede ser nunca tan completa como desearíamos, que ningún objeto puede satisfacer completamente»
Lo que allí se plantea es que, por su naturaleza, todos nuestros deseos conllevan en su raíz un tanto de insatisfacción. Y eso está perfecto. Incluso maravilloso, diría, porque habla del aprendizaje de nuestra naturaleza y es una linda y sabia lección de vida.
Sin duda, el deseo en todas sus versiones —cada grano que come el gallo— es un regalo de la vida. Pero para disfrutarlo sin apego ni identificación, el budismo nos invita a asimilar que no será para siempre, que, como todo, su naturaleza es impermanente.
Es una invitación a entender que ese momento hermoso se acabará, que un orgasmo no puede ser eterno, ni el sabor de esa comida, ni ese abrazo con alguien a quien amas. Y yendo más lejos aún, si esas sensaciones fueran eternas o permanentes, no serían disfrutables. Su naturaleza efímera es lo que las hace bellas. ¿Si no hubiese contraste, cómo podríamos identificar aquello que nos es significativo?
Como dijo el dramaturgo Somerset Maugham: «Nada en el mundo es permanente, y somos necios cuando pedimos que algo dure, pero seguramente somos aún más necios si no disfrutamos de ello mientras lo tenemos».
Sintetizando entonces, sin pretender abarcar el tema y solo desde una humilde mirada... Aprender a disfrutar nuestra vida, logros y quereres con el deseo como aquel motor que impulsa nuestra vitalidad es del todo coherente... El creer que eso va a completar nuestra vida es el problema; el pretender que colmará nuestro apetito nos encadena a la desilusión.
Pero si podemos acercarnos a disfrutar el momento cuando el fruto entrega el néctar y agradecer por estar vivos y sentir su dulzura... nos puede acercar un poquito a aquello que se denomina el despertar.